El estigma dentro de la Iglesia

Soy católico, me gusta mucho la liturgia, y soy practicante, es decir, me gusta mucho la religión. Y sufrí un episodio de estigmatización en la parroquia.

Me he sentido humillado porque, a causa de mi trastorno bipolar, desde el año 2012 no me han dejado participar en las celebraciones litúrgicas como lector o acólito. Pienso que hubiera necesitado más comprensión por parte de los presbíteros y algunos miembros de la parroquia, que con su actitud me han hundido todavía más.

Me he sentido discriminado, apartado, infravalorado, como un trasto... Con todo lo que yo he hecho por la parroquia, no me merecía este trato. Creo que no es la mejor manera de tratar a una persona con un trastorno mental por parte de una institución como la Iglesia. Y todavía siguen igual las cosas.

Me diagnosticaron con 24 años, y entonces decidí compartirlo con los miembros de la iglesia de mi pueblo. Es cierto que no todos reaccionaron igual; recuerdo que uno de los presbíteros lo entendió y me ayudó mucho. Sin embargo, varias personas de aquel entorno no reaccionaron del mismo modo. Personas que no saben qué es vivir con un trastorno de salud mental y, por falta de información y empatía, me discriminaron.

Sentirme tratado de aquella manera hizo que tomara la decisión de poner punto y aparte a mi relación con la iglesia en 2012 hasta que me pidan disculpas por el tratamiento que recibí; que creo que si son personas honestas así lo harán.

Como veis, como consecuencia del estigma, las personas como yo, con problemas de salud mental, experimentan rechazo, aislamiento y discriminación, sobre todo en el ámbito laboral, en las relaciones sociales —fundamentalmente con los amigos y la pareja—, e incluso en la comunidad. El rechazo social afecta a quien lo sufre, que a la larga lo anticipa, es decir: asume de entrada que los otros lo ningunearán y discriminarán por el hecho de tener un problema de salud mental.

Ante esto, la estrategia más frecuentemente utilizada es el ocultamiento del problema. Esta se lleva a cabo en todos los ámbitos —incluso llegan a ocultarlo a la familia—, pero se utiliza especialmente a la hora de buscar un trabajo. Sin embargo, el ocultamiento genera importantes sentimientos de desconfianza y temor hacia los otros, por estar siempre presente el miedo a que se sepa.

Otro de los efectos del estigma es el autoestigma, es decir, el hecho de que muchas personas con problemas de salud mental asuman los estereotipos, prejuicios y conductas negativas hacia ellos. El autoestigma se manifiesta en la autolimitación en el trabajo, la no asistencia a la rehabilitación, el rechazo al problema, la baja autoestima y la falta de expectativas de recuperación.

Hay quien acaba viéndose a sí mismo como inferior y fracasado, y se muestra inseguro. Esto provoca un empeoramiento del autoaislamiento, lo cual refuerza la dificultad de establecer relaciones sociales y laborales.

Por todo esto me hice activista en salud mental, para poder explicar a las personas que el estigma es una discriminación total hacia la persona que sufre la enfermedad mental.

Cuando me diagnosticaron, fue un golpe muy duro a mi trayectoria vital; yo estaba aislado, perdido e, incluso, pensé en quitarme la vida. En aquel momento, mi psiquiatra me supo ayudar a quitarme esas ideas y empecé a ver que hay vida dentro de la enfermedad mental. Es una enfermedad como cualquier otra, aunque haya personas que no lo entiendan. En mi caso, varias personas no lo supieron entender. Y estas discriminaciones empeoraban mi salud.

Quiero acabar diciendo que ahora las cosas han cambiado, y ha sido gracias a la ayuda de los profesionales que me han acompañado a lo largo de los últimos años. Seguiré luchando para que la gente entienda la palabra ESTIGMA en salud mental.

Tolo Morro Mora